Tuesday, February 28, 2017

Ponzoña

¿Desde cuándo la atadura de las palabras ha logrado que se forme una verdadera incomunicación entre nosotros mismos? 

Hablo, además de la ardua tarea que significa el establecer puentes con otros, acerca de lo imposible que pareciera ser conseguir un nexo entre las distintas partes del yo; ese, que se muestra al mundo; ese, que hasta hace poco ha hablado con un amigo; ese, envuelto entre las sábanas de un amor desdichado; ese, incapaz de expresarse en su máximo esplendor en otro contexto que no sea la intimidad a puertas cerradas; ese, que sueña; ese, que ríe; ese, que quiere morir.

Pareciera ser una tarea largamente olvidada, ignorada hasta que empieza a molestar. Como un mechón de cabello fuera de su lugar tratamos de arreglarlo, mas, es imposible no enredarnos entre nuestras propias hebras imperfectas que constituyen el lenguaje y pronto desistimos, derrotados, inservibles para una acción que debiese ser inherente al día a día.

Tomen un momento para reflexionar y, por favor, hagamos el esfuerzo de evitar las palabras. El cielo nublado de las noches más frías es suficiente en muchas ocasiones para sentir; conectar las piezas del rompecabezas y al fin llegar al núcleo, ese calorcito que sube por el pecho y se instala en la garganta, haciéndola escocer, recordándonos que tenemos un propósito que escapa a la realidad percibida del día a día y que ha vivido, como un vagabundo escondido en lo más recóndito de nuestros laberintos interiores, esperando a que le descubran y le den de comer para desplegar una sonrisa carente de dientes.

Porque la verdadera vida yace allí, horrenda, adictiva, embriagante y efímera, y una vez se ha logrado encontrar el camino de ida es difícil no regresar constantemente, arrastrando nuestras rodillas hacia ella. 

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