Monday, February 27, 2017

Valentía

El Francisco sabía que no debió aceptar jamás esas galletitas de aspecto «inofensivo» en el carrete de la Cami, pero, ¿cómo no hacerlo? Los que no lo hacían eran gallinas; animales de baja categoría en el verdadero zoológico desenfrenado en que se había convertido la celebración de los tan ansiados dieciocho. «Estás grandecito ya» le habían instado con diferentes entonaciones diferentes y, presionado, con los pícaros ojos de la Cami sobre su persona, tuvo que comer.
Si le hubiesen preguntado el porqué de su miedo habría dicho, sin tapujos, que era porque tenía la manía de hacerse dependiente de todo. Desde el matecito sagrado con el que no podía vivir en las tardes domingueras, hasta la lengua mordaz, hiriente y traviesa de la Cami; sí, «La Cami», porque por mucho que pasara enredado en sus sábanas rosadas con toques casi infantiles, no era «Su Cami». Ya llevaba a dos contados; dos imbéciles a los que se había comido en el carrete y, por lo que se veía, el número quería seguir aumentando.
Por eso igual comió, pero la galleta eso sí, aunque tuviera miedo de la dependencia y, también, de la independencia de sus pensamientos. De las aguas tormentosas del pasado y la sombra incierta del futuro.
Y, cuando el efecto estuvo en su punto más álgido, el miedo fue peor, mucho peor. Porque supo que, apenas éste se fuese, seguiría aterrorizado de que la valentía no llegase a él de ninguna manera; ni volado ni despierto.
La valentía para decirle a la Cami que nunca fue Francisca, sino Francisco, quien la amaba en secreto desde hacía tantos años de amistad entre supuestas «mejores amigas».   


Segundo relato del taller de escritura.
Cualquier comentario, duda, sugerencia y tantas más, siempre es bien recibida.

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