El Francisco sabía que no debió aceptar jamás esas
galletitas de aspecto «inofensivo» en el carrete de la Cami, pero, ¿cómo no
hacerlo? Los que no lo hacían eran gallinas; animales de baja categoría en el
verdadero zoológico desenfrenado en que se había convertido la celebración de los
tan ansiados dieciocho. «Estás grandecito ya» le habían instado con diferentes
entonaciones diferentes y, presionado, con los pícaros ojos de la Cami sobre su
persona, tuvo que comer.
Si le hubiesen preguntado el porqué de su miedo habría dicho,
sin tapujos, que era porque tenía la manía de hacerse dependiente de todo.
Desde el matecito sagrado con el que no podía vivir en las tardes domingueras,
hasta la lengua mordaz, hiriente y traviesa de la Cami; sí, «La Cami», porque por
mucho que pasara enredado en sus sábanas rosadas con toques casi infantiles, no
era «Su Cami». Ya llevaba a dos contados; dos imbéciles a los que se había comido
en el carrete y, por lo que se veía, el número quería seguir aumentando.
Por eso igual comió, pero la galleta eso sí, aunque tuviera miedo de la dependencia
y, también, de la independencia de sus pensamientos. De las aguas tormentosas
del pasado y la sombra incierta del futuro.
Y, cuando el efecto estuvo en su punto más álgido, el miedo
fue peor, mucho peor. Porque supo que, apenas éste se fuese, seguiría aterrorizado
de que la valentía no llegase a él de ninguna manera; ni volado ni despierto.
La valentía para decirle a la Cami que nunca fue Francisca,
sino Francisco, quien la amaba en secreto desde hacía tantos años de amistad
entre supuestas «mejores amigas».
Segundo relato del taller de escritura.
Cualquier comentario, duda, sugerencia y tantas más, siempre es bien recibida.
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