Sabía que no se trataba de Amanda pues me había dejado un
mensaje, diez minutos atrás, de que acababa de llegar a casa. Imposible mi
madre también; el regusto salado de mis lágrimas y el olorcito molesto a flores
que permanecía aún en mi nariz, confirmaban que un nuevo aniversario con ella
ausente había sucedido. La renta estaba pagada. Mis amigos, inexistentes desde
siempre.
Mas, el murmullo detrás, delante y en un punto
indescifrable, me hizo entender que «aquello» estaba presente, allí. Era lo
único que creía saber desde el inicio mismo.
Sin embargo, esta vez venía preparado.
Les detuve. Destruí sus heridas infringidas sin piedad, como
siempre lo hacían, en una maraña de palabras sin sentido.
Se detuvieron en el instante en que también lo hizo el
repiqueteo constante y rítmico en mi pecho y, con ello, el color escarlata
extendiéndose en el piso fue lo último que vi antes de que todo se fuese a negro.
Cuando volví a abrirlos, sin embargo, entendí algo en medio de la bruma exenta de calores y sensaciones; nada más
había allí además de un terror paralizante, avasallador.
Y es que ahí venían de nuevo.
Primer relato, resultado de un ameno taller de escritura.
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