He pensado en esa chica más de lo que debería: su ropa de corte moderno, el lado derecho de su cabellera rapada, el puente de su nariz que con su longitud hacían de éste su rasgo más distintivo de su rostro, esos ojos temerosos al hablar pero que se enzarzaban en una lucha con su boca, decidida y mordaz, como si pertenecieran a otra persona.
Quizá, de haber sido otras las circunstancias, le habría dicho que dejase de charlar con esa cascada de palabras durísimas, que sin aliento se agolpaban las unas con las otras; y que si acaso se quería acostar con el primero que tenía al frente tal como repetía en innumerables ocasiones pues que así lo hiciera y no le diese tantas vueltas al asunto.
Porque en esas largas frases de disculpa, temblores casi imperceptibles y miradas esquivas, solo advertí un reflejo diametralmente opuesto de mí misma; pero tan, tan malditamente cercano que ahí recae el motivo de que no dejo de pensar en ella.
Es obvio darse cuenta que, de haber sido otras las circunstancias también, habría tenido que escuchar a una mujer un par de años mayor que se ahogaba con su propia lengua al tratar de formar una conversación con ella, conmigo, con todo y nada a la vez. Y la habría visto con los mismos ojos arrogantes, sabiendo que yo sí había hecho con mi vida lo que quería a diferencia de esa enclenque persona, aunque por dentro me estuviese muriendo por una señal que me dijera que estaba haciendo mal las cosas.
Porque la vi, ella me vio, y ambas supimos sin siquiera mediar palabra al respecto las fallas insalvables que tenía la otra.
Y que, tal vez, habríamos podido arreglar mutuamente de tan solo atrevernos a abrir la boca.
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