La hipocresía se sirve fría, todos los días, después del tecito de las siete de la tarde. Y es igual de amarga.
Pero qué le vamos a hacer. Estamos acostumbrados.
¿Cambiarlo? Ni en mi tumba, señor. Me criaron así y así me moriré.
Qué va a saber usted si después de todo los gustos son gustos, no se puede hacer nada, y menos porque puta que le gusta a la gente mentirme a la cara.
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